martes, 31 de agosto de 2010

El árbol generoso: Literatura para niños y jóvenes


Hay historias que nos tocan el corazón, a pesar de que muchos digan que el corazón no se puede tocar si no es en una cirugía a corazón abierto. Hay historias que nos hacen amar a la naturaleza y nos hacen estar seguros de que ella nos ama, hay historias en donde la hermandad (no necesariamente entre consanguíneos) es tan grande como la amistad de dos seres a pesar de que de uno de ellos a veces se olvide del otro.
Escrita en 1964 por Sheil Silverstein y traducida al español por Carla Pardo Valle y bajo el sello editorial de Litexsa Venezolana S.A, quisiera recomendar a los niños y a los padres o hermanos de los pequeños el libro “El árbol generoso”, cuya ilustración es también del mismo autor.
“Había una vez un árbol…que amaba a un pequeño niño”…así comienza esta historia de inolvidable percepción, bellamente escrita e ilustrada por Shel Silverstein.
Todos los días el niño iba al árbol y comía sus manzanas, se mecía en sus ramas o se deslizaba por su tronco…”y el árbol era feliz”. A medida que el niño fue creciendo, empezó a expresar deseos al árbol y el árbol le daba y le daba y le daba sin pedir nada a cambio porque eso le causaba felicidad.
Esta es una tierna historia, con un toque de tristeza, pero radiante de consolación. Shel Silverstein “creó una fábula para lectores de todas las edades, que nos ofrece una afectiva interpretación de la generosidad y una serena aceptación de otra capacidad, la de amar sin esperar que su amor sea correspondido”.
Este es un pequeño relato escrito de forma poética, donde las ilustraciones son un componente esencial, ya que imagen y texto van de la mano, se necesitan y a su vez nos llenan de emociones intraducibles en una reseña. El niño después de crecer olvida al árbol, pero un día regresa a verlo:
“…un día, el árbol vio venir a su niño y le dijo –Ven niño, súbete a mi tronco y mécete en mis ramas y come mis manzanas y juega bajo mi sombra y sé feliz –Ya soy muy grande para jugar y trepar—dijo él. Yo quiero comprar cosas y divertirme, necesito dinero, podrías dármelo?—Lo siento—dijo el árbol—pero yo no tengo dinero, sólo tengo hojas y manzanas. Coge mis manzanas y véndelas en la ciudad, así tendrás dinero y serás feliz”—.
“Y así, él se subió al/ árbol, recogió/ las manzanas/ y se las llevó./ Y el árbol fue feliz”.
Shel Silverstein, dibujante, cantante y poeta, fue una de las voces más frescas de la poesía infantil en inglés. Escribió para niños con una inquietud por los temas que a ellos les preocupan, mucho humor y no poca dosis de crítica; no es un autor de los que se ganan el afecto disfrazando el sentido agridulce de las cosas con pura miel, sino siendo divertido y sincero. Como escritor es un poeta muy difícil de traducir, dado que sus poemas están repletos de juegos verbales. De ahí que si usted lector no lee en inglés, esta traducción de Carla Prado es muy recomendable para acercarse a este inolvidable autor. También puede consultar la página http://www.shelsilverstein.com/indexSite.html donde encontrará canciones ilustradas, compuestas e interpretadas por este autor.
Silverstein murió en mayo de 1999, entre sus obras podemos mencionar “Donde la acera termina”, “El pedazo que falta”, “Diversas danzas”, “Una luz en el ático”, “El pedazo que falta resuelve el O grande”, “El caer para arriba”, “Dibuje un elefante flaco”, “Babbit que moquea”, “¡No tope el Glump! y otras fantasías”.